Camila Magalhães
Lina, de Brasil, tiene 16 años de edad. En 1998
perdió la movilidad de las piernas cuando la alcanzó una
bala perdida de un tiroteo entre unos ladrones y unos guardias
privados de seguridad mientras caminaba desde la escuela
hacia su casa. Otros no tendrán tanta suerte. En
los 60 segundos que tardas en leer la historia de Camila,
una persona habrá muerto por la violencia armada.
En el 2020, el número de muertos y heridos por
la guerra y la violencia será superior al número
de muertos a causa de enfermedades como la malaria y el
sarampión.
Sin un control estricto de las exportaciones de armas
y sin medidas para proteger a las poblaciones de su uso
indebido, innumerables personas seguirán sufriendo
las consecuencias catastróficas del comercio de
armas. La facilidad para conseguir armas intensificará las
guerras y las prolongará. Habrá más
personas aterrorizadas y obligadas a abandonar sus casas.
Las familias no podrán cultivar sus alimentos o
ganar dinero suficiente para enviar a sus hijos a la escuela.
Continuarán los abusos y violaciones de los derechos
humanos y la gente vivirá atrapada en la pobreza.
Esto no es ficción. Los miembros de Oxfam, Amnistía
Internacional y la Red de Acción Internacional contra
las Armas Ligeras trabajan con personas que sufren estas
atrocidades a diario.
La única manera de poner fin a este ciclo de pobreza
y sufrimiento es controlar el comercio de armas. Ya.
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