“En mi pueblo todos los hombres
tienen una pistola, una pistola propia. Si no tienes una
propia, en ese caso “Yu nogat nem”, no eres
nadie en el pueblo. Pueden violar a tu mujer. Pueden robarte.
Pueden hacerte cualquier cosa”. Francis Danga, Papúa
Nueva Guinea, 2000.

La presencia de armas genera un clima
de miedo que alimenta la percepción de inseguridad
y lleva a demandar más armas: grupos e individuos
inseguros deciden armarse con el fin de protegerse y sus
actos son interpretados como una amenaza por otros, que
a su vez, también se arman. Así se refuerza
un círculo vicioso que es difícil de romper
y que provoca una carrera de armamento con el grupo, comunidad
o país vecino. Tener y utilizar armas es cada vez más habitual
en todo el mundo. Su poder es a la vez simbólico
y real: no es preciso usarlas para que tengan efecto. Además
su posesión resulta atractiva y acaba contaminando
símbolos, actitudes, valores y creencias de las
culturas.
“Antes se asaltaba pero nunca se mataba. Sin
embargo, cuando la gente tiene armas, empieza una carrera
armamentística como muestra de poder. Si la
comunidad vecina adquiere armas, ellos también”.
Francis Komen, subinspector de districto en Isiolo,
norte de Kenia, 2002.
“Los hombres que mataron a estas chicas creen
estar fuera de la ley: llevan pistolas como si llevaran
joyas -para parecer “gángsteres”-
y en algún momento las utilizarán. Si
no encontramos el modo de hacer que reintegren en la
sociedad, continuarán matando y destrozando
vidas, ya que no tienen otro sistema de valores que
no sea el de las armas”. Trabajador universitario
de Birmingham, Reino Unido, tras el asesinato de dos
chicas, enero de 2003.
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