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Fuera de control

Matar es cada vez más fácil: se puede hacer a mayor distancia, con mayor indiferencia y menor esfuerzo. Además, el suministro de armas a países donde se violan los derechos humanos es constante y transmite el mensaje de que la comunidad internacional tolera, e incluso respalda, este tipo de actos.

Por todo esto cabría esperar que este comercio estuviera estrictamente controlado, pero no es así. Mientras la atención internacional se centra en la necesidad de controlar las armas de destrucción masiva, el comercio de armas convencionales sigue en un vacío legal y moral. A día de hoy, no existe ninguna ley internacional exhaustiva y vinculante que regule el comercio de armamento convencional y las armas se siguen vendiendo sin ningún control sobre su destino y uso final.

Fuera de la ley
El negocio de las armas no se parece a ningún otro. Debido a su relación con la seguridad nacional y la política exterior de cada país, lleva muchos años funcionando en un ambiente de secretismo, y su control no está regulado por la Organización Mundial del Comercio, sino por los diferentes gobiernos. Por desgracia, los gobiernos no siempre están dispuestos o son capaces de controlar las ventas de armas de forma responsable. Asimismo, lo más frecuente es que la legislación nacional, si la hay, sea lamentablemente inadecuada y esté plagada de vacíos legales. Además, los mecanismos existentes no son obligatorios y apenas se aplican.

Lagunas legales
Algunos gobiernos exigen un Certificado de Uso Final que indique el destinatario de las armas y para qué van a utilizarse con el fin de impedir que caigan en manos equivocadas. Pero este sistema es fácil de sortear, ya sea porque el órgano que concede el permiso no hace casi nada para verificar la documentación, o porque los certificados se obtienen mediante canales corruptos. Muchas veces, las armas terminan en un lugar diferente porque el punto de destino citado en el certificado es sólo una parada de tránsito o sencillamente es falso.

Veamos, por ejemplo, el caso de Canadá: treinta y tres helicópteros militares canadienses se enviaron a Colombia –un país con un historial terrible en materia de derechos humanos– a pesar de que el gobierno canadiense tiene estrictos controles sobre la venta de armas a este Estado.

¿Cómo sucedió? Los vacíos en la ley canadiense permitieron que las armas fueran enviadas primero a Estados Unidos, un país para el que Canadá no exige Certificado de Uso Final, y donde no hay garantías de que las armas no serán nuevamente exportadas.

Los intermediarios
Los intermediarios son los que organizan las transferencias entre los vendedores y los compradores. Muchos han sido acusados de suministrar armas a los peores conflictos del mundo, a zonas con graves crisis de derechos humanos y a países sometidos por la ONU a embargos de armas, como Angola, Afganistán, Iraq, Ruanda y Sierra Leona, por citar unos pocos.

En la mayoría de países la legislación sobre exportaciones de armas no regula el tema de los intermediarios. Y allí donde existe regulación, los “intermediarios-traficantes” sin escrúpulos, con la ayuda que reciben de los transportistas de armas y algunos bancos que les permiten tener cuentas bancarias en el extranjero, evitan ser detectados y ocultan bien el rastro que dejan.

Es necesario un control y regulación del tráfico, el transporte y los intermediarios que intrevienen en el comercio de las armas.

Licencias
Un número cada vez mayor de fabricantes de armas exportan sus conocimientos y su tecnología a otros países con leyes más laxas en materia de armas, lo que permite que se fabriquen armas bajo licencia en territorios donde el control sobre las exportaciones es aún menor. De este modo, es muy fácil que los exportadores sorteen los controles que prohíben la venta de armas a los países en conflicto.

Los gobiernos de al menos 15 países, entre ellos Francia, Estados Unidos, Reino Unido, Israel, Suiza y Alemania, permiten que las empresas concedan licencias para la fabricación de sus armas y munición en otros 45 países, muchos de los cuales tienen un control sobre la exportación de armas aún más débil. Esto aumenta las probabilidades de que las armas que fabrican caigan en manos equivocadas.

 



 
 
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